domingo, 11 de abril de 2010

Semana (no sólo) Santa

Aquí no se celebra con el recogimiento y la sobriedad espiritual de las viejas ciudades de Castilla la Vieja
02.04.2010 - TEODORO LEÓN GROSS.SUR

Incluso para quienes estos días se sienten como extranjeros en su ciudad, perplejos ante todo lo que sucede alrededor, desconectados de las claves tácitas de la fiesta, desbordados por el hervidero de una agenda arrolladora de amanecer a amanecer, pasmados ante los excesos entre el esplendor de la primavera, desconcertados por la tensión emocional del público hasta las lágrimas. es un espectáculo formidable la potencia de integración de la Semana Santa. Todo cabe en esta fiesta. La intraciudad se convierte en un mapa abierto, una cartografía con espacio para todas las pasiones, ya apunten al más allá o al más acá, ya sean religiosas o estrictamente mundanas, ya se trate del éxtasis del creyente o los adolescentes que empiezan a descubrir la piel del deseo tras broncearse todo el día al sol, los guardianes de la ortodoxia con mantilla o los guiris sobrecogidos por la estética nazarena tan similar al Ku-Klux-Klan, los mariquitas cautivados por el ajuar de las vírgenes o las madres que llevan a sus niños a ver a unos militares despechugados cantando el amor a la muerte, los hombres de trono adustos y los hombres de trono que se lucen en el escaparate oficial como pavos en época de celo, las familias que se transmiten el adn de la fiesta de generación en generación. Y lo interesante del genoma de la Semana Santa es esa diversidad, no como collage sino como maquinaria total.
Es extraño que el pregonero de la Semana Santa de este año comenzase su discurso saludando con un «Buenas noches, cristianos». La Semana Santa es más que eso, aunque algunos fantaseen con ponerle barreras y excluir a los otros. Ese pregonero, a la defensiva, apuntó como primera idea que «A Cristo hay muchas personas que tratan de hacerlo desaparecer», frase más apropiada para una novela de Dan Brown que para cantar esta fiesta plural donde nadie trata de hacer desaparecer a Cristo, centro de este gran teatro barroco, aunque unos vayan para rezarle y otros sólo por disfrutar de la majestuosidad plástica de sus tronos, algunos de parranda con perfecta indiferencia y otros como seña de identidad de campanario, y desde luego la Semana Santa es de todos, al menos en Málaga, donde no se celebra como viacrucis de recogimiento con la sobriedad espiritual de las viejas ciudades de Castilla la Vieja, sino como fiesta de la consagración de la primavera, sin edades, sin salvoconductos, sin códigos cerrados, donde coinciden adolescentes y ancianos, ultracatólicos y agnósticos, antropólogos de guardia y cronistas exaltados con un arsenal de hipérboles, hermanos mayores y hosteleros mirando al cielo al alimón confiando en Dios o en el Meteosat. Las interpretaciones integristas desvirtúan el encanto caótico, barroco, abierto y diverso de esta gran fiesta de la primavera.

No hay comentarios: